Accept – Blind Rage

Accept

Esta mañana cuando me desperté me dije: -Eh, ¿qué tal algo de heavy?- Y las infinitesimales relaciones interneuronales que pululan por los rincones de mi cabezón me llevaron ineludiblemente y casi por ensalmo a pensar en Accept. Qué casualidad, mire usted, que hayan sacado nuevo LP. Deliciosa coincidencia. Aún lo es más si obviamos que la mayoría de las mañanas me da por el heavy. Es una norma tácita que establezco con mi cerebro y que me permite acometer sin apuros la mayor parte de mis tareas cotidianas sin necesidad de recurrir a una sosa y aburrida taza de café, que comparándola con una buena dosis de metal no podríamos considerarla sino un mero placebo.

Como siempre, divago, pero es porque aún no me he tomado el café. Quiero decir… no, espera. Da igual. Voy con el nuevo de Accept. Hace tiempo que el bueno de UDO partió a sus acerosos horizontes, dejando desde el 2010 a un pupilo, Mark Tornillo, que en mi fuero interno nunca he podido encontrar a la altura (no en términos de estatura) del pequeño alemán. ¿Por qué? Simplemente su voz me pareció una mezcla bastante atrevida entre la de UDO y la de Brian Johnson. Sea cariñoso homenaje o estrategia de ventas, el caso es que estaba claro que Accept no quería deshacerse de su sonido, y eso, aunque puede traer problemas comparativos con sus anteriores etapas, al fin y al cabo no está tan mal, al menos para un servidor. ¿Para qué cambiar el tornillo si el que existe aún enrosca? De todas formas, mientras los inefables guitarristas Herman Frank y sobre todo el “lobo” Hoffman sigan demostrando que lo que nos traen nos derribará del asiento como si una barra de acero nos golpeara de improviso, yo lo compro. ¿Compraré su nueva aventura? Vamos a descubrirlo.

El título, “Blind Rage”, promete, no digo que no. Hay que ser inteligente, no se le puede llamar a algo así “Beautiful Scenes from the Forest”, porque la casa se empieza a construir, como recomiendan nueve de cada diez arquitectos, por los cimientos, vamos, por el título. Y por supuesto, por la portada, que ya nos promete ese mazazo que nos tumbará al suelo con su furia ciega.

Tras los cimientos viene el hall, el recibidor, el vestíbulo, el “sitio por donde uno entra”, y el que ha de conseguir que no nos queramos ir y que nos quedemos hasta acabar la visita. “Stampede”, adelanto que ya se pudo disfrutar previamente, nos viene a, no predecir, sino estamparnos en la cara el porqué Accept son de lo mejorcito en la escena. Heavy rabioso, con coros marca “Accept”, una melodía vocal con arrestos y bastante novedosa, de lo más grande que han hecho en el trío de discos de la última década. Por supuesto a partir de aquí ya he de escribir con una prótesis, pues la terrible estampida me ha dejado con algún hueso a la “virulé” Bravo, y ¡Olé!

El problema radica en que la mejor canción del disco, en dura pugna, todo hay que decirlo, con otras dos, ya ha hecho acto de aparición. “Dying breed” es un himno medio-tiempero que baja las revoluciones de cuajo, y cuyas líricas se centran en el tan manido rollo “Oda al heavy”. ¿Funciona? Sí, además si uno se fija en las letras podrá encontrar varios homenajes al rock, por otro lado no demasiado sutiles, como “The zeppelín led it’s voyage, thru skies of purple deep” Exceptuando los coros de corte “Oooooh” tiene momentos muy interesantes. Como punto álgido cabe destacar el maravilloso solo que se marca Wolf, el mejor del disco, con punteos inenarrablemente bellos. Un tío con una clase que ya quisieran muchos, y que aporta al disco a sabiendas de que su trabajo es imprescindible.

Más roquera se muestra “Dark Side of my Heart”, con una melodía interesante, que nos hace recordar al pasado del grupo, pero que se defiende con energías renovadas y que el solo, con una estructura realmente enrevesada y entretenida, de nuevo se encarga de elevar hasta los cielos. Llegamos ahora a la cúspide del disco, con “Fall of the Empire”, que pese a su lento desarrollo, nos muestra una gran epicidad en los puentes y los estribillos que van de la mano de una letra de proporciones bíblicas, relatándonos la caída de un poderoso imperio. Cada vez que la oigo me levanto contestando siempre al primer verso del estribillo, hasta el punto de que un viaje en bus escuchando esta canción puede conllevar un abochornante abucheo. Por lo mal que canto, más que nada. “It’s the fall of the empire, what have we done? The fall of the empire, it’s the dawn of the setting sun”. Las moralejas surgen, esta vez en un subterfugio un poco más disimulado que no se descubre si uno no tiene intención de pensar más allá, pero que se puede usar para reflexionar un poquito sobre nuestra propia historia y nuestro futuro. “In spite of every upright intention, we live and die by the sword, …and so the question is, can we learn or will be burn?”

Y ahora sí, cuando empezábamos a relajarnos, nos sacude de nuevo el terremoto que es “Trail of Tears”, sin respiro alguno o, como dirían los señores de Metallica, with “no remorse”. Quizá un poco menos inspirada en el estribillo, pero se sostiene de maravilla con sus buenos riffs y sus detalles guitarreros.

Hemos visitado la planta baja de nuestra preciosa casita, y la verdad es que está quedando muy mona, pero ya estamos subiendo las escaleras, y estas, en la medida en que escuchamos “Wanna Be Free”, se nos están haciendo muy pesadas. Un nuevo medio tiempo, ¿cuántos van ya? En clave hímnica, sí, sí, ¿cuántos van? Y unos coros muy bien puestos amenizando el estribillo. Vamos, ¿cuántos? De todas formas, la calidad hace de contrapeso a la repetición.

Llega ahora “200 Years”, otro buen medio tiempo que mantiene el nivel de los muchos otros, aunque un tanto diferente, con un aire depresivo que le queda como anillo al dedo a sus letras post-apocalípticas. “Welcome to the Stone Age, 200 years after mankind“. Sus devaneos futuristas nos dejan casi sin enterarnos con la fuerza desatada de la poderosa “Bloodbath Mastermind”, que parece surgir a modo de balada pero todo quedará en un espejismo, aunque sinceramente no le veo tanta inspiración, y “From the Ashes we Rise” nos ofrece un nuevo soplo de energía con otro de los mejores coros del disco, con aires de esperanza y lucha, como bien reza su título.

“The Curse” donde Tornillo me recuerda con esa voz relajada a Jorn Lande, pero que también me recuerda a mi madre cuando después de comer de pequeño me decía eso de “¿Quieres repetir?”. Una nueva canción lenta a la que se le pueden sacar momentazos, por ejemplo la referencia a Alice Cooper, “No more Mr. Nice Guy, no more Mr. Right (Clean)“, o de nuevo, la interesante letra de la canción. “Why are the world’s biggest sinners, always saints when they’re gone? It’s all about losers and winners, not about who’s right and who’s wrong” Toda la razón del mundo. Y es que parece que nuestros Accept se han vuelto ultra reflexivos, y a la vez que nos traen la calma tras la tempestad de sus últimos discos, también nos dicen las cosas como deben decirse. El apartado lírico sin duda es de lo más disfrutable en este álbum.

El tejado, “Final Journey” al fin consigue levantar el vuelo y arrancar la casa de los cimientos, porque oye, que un tren vaya a todo trapo no implica que te vayas a subir a él, pero la elegancia del traqueteo de este tren te hace querer engancharte a él en marcha y no bajarte hasta pasarte diez estaciones. Partes brutales combinadas con un estribillo más melódico, y un solo en el que Wolf nos demuestra su gusto por la música clásica adaptando una pieza de Edvar Grieg, “Morning Mood”. Lástima que haya llegado a la parada final, porque realmente había vuelto a llamarme la atención. Una gran canción de cierre, para el, en mi opinión, más flojo de los tres discos con Mr. Tornillo en la banda.

Una bestia agazapada, siempre acechante, que no sabemos si va a saltarnos a la yugular o seguirá lamiéndose, esperando a una oportunidad más propicia. Esa oportunidad llega en varias ocasiones, porque todos sabemos que una bestia indecisa puede ser mucho más peligrosa que otra que este decidida, y siempre puede revolverse y darte un jodido zarpazo cuando menos te lo esperas. No obstante da la extraña sensación de que no consiguen levantarse del todo, con esa abundancia de medios-tiempos que pululan por todo el plástico, pero por mi parte he quedado servido de buen metal, y tras el nuevo de Judas Priest ya estoy contento para un buen rato.

¡La furia ciega ataca de nuevo!

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