Helloween – Keeper of the seven keys Part I

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Mil perdones de antemano, porque este álbum es uno de mis preferidos del mundo mundial, lo cual le va a restar a esto objetividad a saco, pero os prometo hacerlo lo más subjetivo posible, o si es posible, más subjetivo de lo posible, o lo más posiblemente subjetivo. O algo. Vayamos al punto, y como introducción, analicemos el título. “Keeper of the Seven Keys Part 1”, de Helloween. Eso nos da dos pistas. 1º pista: con ese título debe ser épico de cojones. Cantado. 2º pista: coño, part 1… debe ser la primera parte. Super cantado.

Helloween, mes amis, está considerada como una de las primeras bandas de power metal europeas, (que no precursora, pues otra cosa son las influencias), y de las mejores, aunque no por ser de las primeras. Lo que sí tuvieron (y tienen), si alguien no quiere admitir su enorme grandeza, es éxito a capazos. Una de sus mayores bazas fue el jovencísimo Michael Kiske, cuyos auspicios presagiaban un gran legado (y otro no tan bueno) en la banda, destinado a sustituir en el 86 como vocalista a Kai Hansen a partir del segundo disco (el Keeper I), quien a partir de entonces se ocuparía solo de las guitarras junto a Michael Weikath.

Y qué tenemos aquí, pues a unos chicos que ya habían empezado a perfilar su sonido con su speedico “Walls of Jericho”, pero que gozaron en esta ocasión con la ventaja de una de las más grandes voces que ha dado el metal. Esto, junto al sonido fresco y potente, y unas canciones y líricas de carácter social pero a la vez épico, dio como resultado dos de los mejores discos de power metal de la historia.

Lo supe desde el principio, ¿sabéis? Desde que escuché el disco por primera vez, cuando empezaba en este rollo del rock, desde la primerísima canción, una introducción instrumental con ligeros toques orquestales oportunamente llamada “Initiation”, que este disco iba a ser algo grande. Porque las cosas grandes siempre empiezan a lo grande, siguen a lo grande y… bueno, acaban a lo grande. Luego llegó la segunda, “I’m alive”, con ese ritmo remanente del speed metal de su primer disco y los largos duelos guitarreros entre Hansen y Weikath, pero sobre todo la voz de Kiske llegando hasta el infinito, y esa realidad que yo ya había intuido se materializó. Y desde ahí todo fue como la seda.

Más calmada se muestra “A little time”, aunque no menos potente, dando una verdadera lección de la perfecta mezcla entre potencia y melodía… Y esos Higheeeeer que salen de la mágica garganta de Mr. K., un maestro, y aún no llegaba a los 18. Grande también el interludio ambiental con los relojes que acaba estallando tras el sonido del despertador, como si hubiera estallado una bomba.

Aquí llega un punto decisivo, porque si me ataran y me colocaran un brasero en el culo, y la única manera de no acabar oliendo a barbacoa fuese decir me canción favorita, elegiría “Twilight of the Gods”, con un desarrollo casi progresivo y un teclado junto al bajo de Markus despuntando en los interludios que me vuelven loco. Por otro lado, “A tale that wasn’t right” nos trae tesituras más tranquilas y conforma el prototipo de power ballad, con Kiske mostrándonos su tono más grave hasta explotar en el emocionante estribillo.

Si me ataran y me colocaran un brasero en el culo, y la única manera de no acabar oliendo a barbacoa fuese decir mi canción favorita, elegiría “Future world”… un momento, ¿esto ya lo he dicho antes? Nah, es que nunca podría elegir una favorita. “Future world” nos muestra un mundo idílico a la par que utópico, pues no está ni por asomo al alcance de nuestra sociedad… pero lo pintan tan bien, que es inevitable no emocionarse y pensar que algo así sería posible. La canción perfecta para los conciertos, por la que pagaría cualquier cosa por vivir en directo para corear ese estribillaco “We all live, in future world, a world that’s full of loooooove

“Halloween”, (que no Helloween) es la penúltima, y la que debería haber despedido el disco. El efecto que debía surtir en mí sería decisivo, pues era la primera canción de más de 12 minutos que escuchaba en mi vida. Pero pasó la prueba del algodón, y demostró por qué las mejores canciones suelen ser las más largas… porque demuestran todo el arsenal. Todas las características del álbum se reúnen, y si se puede sonar mejor, es aquí. Desde los primeros maidenescos riffs y el “Masquerade, masquerade” la canción explorará diversas melodías, con cambios de ritmo a mansalva y epicidad everywhere. Y cuidadito, que si hablamos de canciones largas, la mejor aún estaría por venir en su siguiente disco.

“Follow the Sign”, y no la anterior “Halloween”, es la que despide de facto el álbum, con unos punteos místicos y una voz susurrada que se diluye en la nada.

Y ya está, veis como no era para tanto. Si tanta merecidísima subjetividad os ha empachado, esperad a la reseña del siguiente “Keeper”, porque aún me gusta más. Pues sí, si lo que os va es la buena música acompañada de adjetivos como “grandilocuente”, “majestuoso”, o “apolíneo” (este último lo he buscado en Internet), no os perdáis la reseña del Keeper II en breve, y mientras tanto escuchad este, o vuestra lectura habrá sido en vano.

One day you’ll live in happiness
With a heart that’s full of joy
You’ll say the word “tomorrow” without fear

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