David Bowie – Blackstar

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Tras la mordedura ácida de la pérdida de David Bowie el pasado domingo, 10 de enero de 2016, nos hemos visto obligados, en parte, a reseñar su última y gran obra: “Blackstar“. Ya no sólo por el hecho de su muerte, sino como redescubrimiento de su discografía ante el influjo creativo de su persona en el inconsciente colectivo. Porque ya no sabemos qué nos ha sorprendido más, si su prolífica y camaleónica carrera, o la forma en que nos ha legado su último trabajo, que no es más que su testamento musical.

“Blackstar”, grabado entre enero y abril del 2015, fue lanzado el día 8 de enero, día en que David Robert Jones cumplía 69 años, a dos días de su fallecimiento. Él lo sabía. Tras una lucha contra el cáncer cuyo final era inminente, y con un cuerpo que rápidamente estaba abandonando su alma, decidió cumplir sus últimas voluntades: hacer de su muerte una obra de arte, cuyo mensaje de ultratumba, emitido desde los páramos de una existencia superior,  solo podría ser entendido una vez su alma abandonara este planeta; un pacto con la guadaña certera, que resistió a cortar las hebras de hilo de vida el tiempo justo para que lanzara el disco en vida.

“Blackstar” es el único álbum de estudio de los 26 anteriores en el que no aparece su cara en la portada. Un símbolo, una alegoría, un signo, una figura; una representación mental de todo aquello que fue Bowie, un erudito de las ciencias ocultas. Porque es bien sabido que Ziggy devoraba libros y tenía una gran inclinación al tratamiento de cuestiones cósmicas y existenciales. Pero también era un gran poeta, con un estilo muy romántico, que se puede rastrear en la multitud de palabras y conceptos utilizados en sus canciones. Así, no parece una estupidez que la explicación de dicha estrella tenga un origen muy inverosímil, pero a la vez bastante plausible: la canción Blackstar de Elvis Presley (del cual era un gran admirador), cuya letra reza que todo hombre tiene una estrella negra sobre el hombro, pero cuando esta se hace visible, su tiempo se ha acabado.

Sea cierta o no la anterior teoría, cuando uno se acerca a esta creación musical se da cuenta de que está asistiendo a un funeral, a un adiós, a una congregación de almas encogidas ante el espectáculo que se está aconteciendo. Porque la sonoridad de este último álbum está muy lejos de lo que Bowie hizo anteriormente: Bowie se mete en los pantanos y cenagales de un avant-garde muy oscuro con toques de jazz, golpes progresivos, experimentales y atmosféricos que modulan y hacen navegar la voz del maestro por los canales del Estigia.

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Por eso, en un último coletazo de lucidez extraterrenal, decidió virar su música hacia otra dirección y decidió contratar a músicos de jazz como el saxofonista Donny McCaslin, el pianista Jason Linder y el bajista Tim Lefebvre, junto al batería Mark Guiliana y el guitarrista Ben Monder. En palabras de Tony Visconti, su productor musical desde 1969: Si hubiéramos empleado a los antiguos músicos de David, tendríamos gente de rock tocando jazz. Y con gente de jazz tocando rock, le damos la vuelta, evitando el rock and roll.

Los primeros diez minutos del álbum comienzan con su canción homónima, “Blackstar“, una terrible y satánica misa negra (influencia innegable de la admiración a Aleister Crowley), según algunos, en cuyo vídeo aparece lo que parece un súcubo que encuentra los restos de Major Tom, con una voz espectral y unos redobles que recuerdan a aquellas escuchas invertidas de canciones en busca de mensajes satánicos. Un Si frigio Dominante que hace estremecernos, con unas melodías retorcidas, cuyo origen oriental nos llevan a un paraíso de tintes occidentales, con un cambio en el tono de la canción, que no es más que un retrato de su vida: su muerte inminente, su miedo a los aviones, su encumbramiento hacia Dios, y otras miles de conjeturas que podrían sacarse de su interpretación (hay incluso quienes dicen que habla de ISIS y la transfiguración de la religión). Tras estas últimas palabras, el juicio final, la vuelta a lo oscuro, a un réquiem funesto, rodeado de impromptus de saxo y flautas. Desolación.

Suspiro. Aire fresco. Lástima que sea una puta. “‘Tis a Pity She Was a Whore” comienza con un beat bien animado, más cercano al movimiento hip-hop, que intenta sacarnos de nuestro ensimismamiento cuyo groove nos traslada al agridulce encuentro de Bowie con una prostituta, mientras un saxo y unos coros de reminiscencias jazzísticas y modernas al mismo tiempo, nos hacen sonreír en estos momentos de congoja.

Lazarus“, otro símbolo de tantos símbolos que no hace falta explicar, es una canción que, junto a “Blackstar”, habla directamente al corazón del oyente. Una oda a la liberación sensorial, a la libertad extrasensorial. Bowie hablándonos desde el cielo, o desde el infierno, ni más ni menos. Del videoclip se pueden extraer multitud de conclusiones, que no son más que revelaciones y confesiones de su vida terrenal. Una canción lúgubre y siniestra, que en algunos momentos recuerda al progresivo clásico de los 70’s ante ese saxo certero canturreando sobre un éter musical que parece quedarse en un limbo.

La cuarta canción del álbum, “Sue (Or In A Season Of Crime)“, es una canción más alternativa, aunque dentro de este jazz experimental y contemporáneo, y dinámica, que fue regrabada para “Blackstar”, ya que fue lanzada originalmente como single y como primera pista del álbum compilado de 2014 “Nothing Has Changed”. Un tema nocturno con cuerpo de comadreja que se desliza hacia nuestros oídos recordándonos vagamente a la locura musical de Scott Walker.

Girl Loves Me“, una canción escrita en Polari, lenguaje callejero de la comunidad gay en los suburbios del Londres de los 70, y Nadsat, lenguaje creado por Anthony Burgess para su novela “A Clockwork Orange”, una de las favoritas de David Bowie. Otra referencia autobiográfica a su época dorada, al consumo de cocaína y a la pérdida de la noción de la realidad. Un tema pesado cuyo bajo, batería y teclados no permiten que perdamos la concentración en ningún momento.

Dollar days” es una balada tierna, desgarradora, melancólica y sincera. Unos acordes que la alejan de la experimentación anterior y nos transportan al Bowie más dorado, a un Bowie desbocado, a un Bowie que grita desde el umbral de su existencia, ante lo inminente de su muerte, sus éxitos y sus fracasos, rematados por un solo de saxo, y otro de guitarra posterior, que despiertan nuestras glándulas lacrimales.

Mezclada y unida a la anterior se revela la siguiente canción: “I Can’t Give Everything Away“. Demasiado astuto e ingenioso, pues ató todos los cabos posibles para que su trabajo fuera una obra de arte en caso de que no hubiera salido como él pensaba, ya que el título nos dice, literalmente, que no nos lo puede revelar. Solo bastó dos días para poder entender el significado de la canción. Una canción de despedida, una balada de jazz con un formato americano de los 80 que rivaliza al mismísimo Sinatra.

En mi opinión, “Blackstar” y la muerte de David Bowie, representan un hito, un punto de inflexión en la decadente cultura del siglo XXI. De él nos queda el legado de una vida que convirtió en arte a partir de polvo de estrellas, y que, con su último capítulo, nos quiso relatar cómo acabó convirtiéndose en estrella.

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