Despedida a Chester Bennington, la voz que marcó a una generación

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Recuerdo tener quince años. Comenzaba a indagar en internet, y habiendo sido hasta entonces un oyente pasivo, tomaba las riendas y empezaba a andar mi propio camino, a definir mis gustos musicales. No recuerdo muy bien como di con “In the End”, pero mi encuentro con Linkin Park cambiaría para siempre mi vida, sería a través de ellos que encontraría en la música mi pasión más importante. No tenía pensado rendir homenaje a Chester… pero sencillamente es algo que necesito hacer. Pasan los días de la noticia y Linkin Park no deja de sonar por mis altavoces, algo que no pasaba desde hace años. Vuelvo a los orígenes, siendo una persona diferente pero encontrando que el vínculo, al contrario de lo que pensaba, no ha desaparecido. Se mantiene firme.

Hybrid Theory” y “Meteora” son discos que ya cumplieron su función, y que al contrario de otra música que escuchaba por entonces y me sigue llenando, han perdido la relevancia que tenían para mi con el tiempo. Pero la huella está ahí, y me he sorprendido al volver a ellos que las melodías, las letras, continuaban latentes en mi subconsciente. Son canciones que forman parte de mi ADN, y de toda una generación. Seis músicos que dieron con la fórmula mágica, y el trabajo y la suerte les dio los medios para poder alcanzar a las masas. Linkin Park conseguían unirnos a todos viniéramos de donde viniéramos, y nos ayudaron a encontrar nuestro lugar tratando temas con los que todos podíamos sentirnos identificados.

Con “Minutes to Midnight” llegó el primer cambio, y como en cualquier otro caso, fueron criticados por ello. Con mis oídos de adolescente inexperto, encontré bien la dirección de su tercer disco, y no comprendía las reticencias a que una banda evolucionara, algo que ha sido constante en mi forma de concebir el arte. Linkin Park me daban lo que necesitaba por entonces, que iba más en el sentido lírico que musical. Fuera a través de explotar la moda del nu-metal o de optar por un rock más genérico en el que no tenían claro como ubicarse, Chester nos abría su alma a todos los que quisiéramos escuchar, y eso era todo lo que me importaba. Buscaba la comprensión de quien todavía tiene una identidad que forjarse y no sabe muy bien cuál es su lugar en el mundo.

Pero con el cuarto disco fue diferente. Mis gustos estaban un poco más forjados, se estaba asentando la base de un criterio propio, y esperaba el nuevo disco de los americanos con unas expectativas más maduras. Y las cumplieron, con un trabajo polémico en el que no encontré a nadie que compartiera mi perspectiva. En ese momento todavía no escuchaba progresivo, pero mi mente empezaba a pedir algo más de profundidad en la música. Y “A Thousand Suns” me dio precisamente eso. Recuerdo comprar el disco en la edición con DVD, leer el libreto y ver el documental, y pensar que eso era lo que me llenaba. Que la música tuviera cohesión, profundidad, ideas que transmitir. No en las letras tan solo, sino como conjunto. Que los discos no fueran meras colecciones de canciones, sino verdaderas piezas de arte.

“A Thousand Suns” fue de los primeros discos en darme eso, la obra más ambiciosa de la carrera de Linkin Park, y el único de su discografía que escucho ahora mismo por disfrutar de la música sin necesitar regodearme en la melancolía. En su momento no aprecié el impacto que tuvo en mí, pero reescuchándolo ahora me he dado cuenta de que si los dos primeros marcaron el inicio de mi viaje a través de la música, “A Thousand Suns” probablemente marcó el segundo y más importante punto de inflexión. Uno que precisamente me alejaría de Linkin Park y artistas similares, con el descubrimiento de bandas como A Perfect Circle, Mastodon, Anathema u Opeth, que ahondaban de pleno en mis inquietudes.

Le di una oportunidad a “Living Things” pero ya no eran para mí, y con “The Hunting Party” ni siquiera llegué a intentarlo. Y “One More Light” lo acabo de escuchar dadas las circunstancias. Y no, no me ha gustado, aunque no he podido evitar sucumbir al tema homónimo. Resulta tan trágico escuchar cantar a Chester lo que canta después de su desgraciada decisión… Con lo que ataqué “Heavy” cuando salió por razones que mantengo, y lo dolorosas que son las primeras líneas ahora. Quien sabe, quizás “One More Light” era el último grito de auxilio de Chester ante unos tormentos profundos que finalmente terminaron por vencerle en su eterna lucha interna.

Muchos sentimos la pérdida de Chester casi como si le conociéramos personalmente, me ha sorprendido lo vivas que siguen las sensaciones que me regaló su música. Su muerte me ha servido como lección de humildad. Al contrario de lo que denotaba mi actitud ante el videoclip de “Heavy”, el “éxito” no hace menos vulnerables y humanos a los artistas que alcanzan el olimpo. Y aunque todos tenemos nuestra opinión y derecho a pensar que un disco nos parezca horrible, muchos deberían aprender a no despreciar públicamente a un artista por el mero hecho de hacer la música que desea. Internet y las redes sociales sacan al monstruo que muchos llevan dentro.

Aceptemos lo que somos y de dónde venimos. La voz de Chester fue mi guía y compañera, y no puedo evitar sentirme ahora algo vacío. Como dijeron al despedirse por las redes sociales sus compañeros de banda, sus demonios finalmente ganaron la batalla. Pero estos formaban parte del trato, pues si Chester consiguió conectar con tantos de nosotros es por lo sincero y abierto que era a la hora de hablar de ellos. Estos días de reflexión solo me confirman más lo poderosa que puede llegar a ser la música. Este no es un artículo reivindicando lo que fueron Linkin Park, sino las palabras de alguien que se siente en deuda y lamenta que las cosas hayan tenido que terminar así. Descansa en paz, Chester. Se habrá apagado tu luz, pero tu legado brillará con la fuerza de mil soles.

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