Subterranean Masquerade – Vagabond

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El ocioso se despierta lentamente, desperezándose, recreándose, y dirige sus pasos hacia el sofá para, acto seguido y sin apenas descanso, seguir con su descanso. Durante su estancia en el sofá, el individuo no deja de plantearse la cantidad de bostezos capaz de emitir su cuerpo en un espacio determinado de tiempo, calculando mediante la comparación de varios parámetros la calidad y cantidad de su relax. Tras un último momento de distensión y de solaz extensión de extremidades, su portátil emite un pitido, indicando que se encuentra listo para ejecutar los comandos deseados por su aletargado amo. Un cúmulo de grupos comienza a desfilar ante los oídos del cazador, que se dispone a ir en pos de la presa más interesante.

Fue en circunstancias similares cuando encontré a Subterranean Masquerade. No, no en el sofá, por supuesto. Fue en el sillón, que era bastante más cómodo, la verdad… de cuero, reclinable. Ahora en serio, era una butaca. Simples licencias poéticas. A lo que iba es que la banda que cacé, Subterranean Masquerade, es una que da alas a mi inmarcesible afán de encontrar cosas raras nuevas y que molen un huevo. Porque claro, si no molan y no son raras, pues la búsqueda pierde su encanto. Y andaba yo comiéndome el almuerzo y pensando cómo hilar este párrafo, y me dije… ¡eh! Y no se me ocurrió nada.

Retomando el hilo, la banda de marras –cuyo disco Vagabond (2017) voy a analizar–, iniciada por el guitarrista Tomer Pink está formada por un conjunto variopinto de personas con suficiente pericia musical como para producir sonidos agradables con sus respectivos utensilios musicales. Entre ellos encontramos a Matan Shmuely (batería de Orphaned Land), Kjetil Nordhus (vocalista de Tristania), Ilan Arad a los instrumentos de viento, y algún que otro más que quizá comente después si me acuerdo. Los susodichos practican un estilo conocido como vete tú a saber, ¿por qué tengo que escribirlo yo si de todas formas lo vais a escuchar? ¿No tiene sentido no? ¿Hola? Os digo que vais a escuchar un disco de folk y lo que escucháis finalmente es un disco de folk. ¡Sorpresa! No hay sorpresa. ¡Metacognición!

¿A qué tanto rollo, si los géneros están puestos en las etiquetas? Hop. Hola, soy Seulir. Comencemos con la reseña sin siquiera mencionar ligeramente la horrenda portada pintada –posiblemente, aunque no seguramente–, por un niño. En contraposición a su primer disco, grabado ya hace doce años, este –secuela del anterior The Great Bazaar– cuenta con un aura más luminosa –casi como la diferencia entre la noche y el día, o el agujero de mi… oído y un foco de un estadio–, que ya puede entreverse con el primer tema “A Place for Fairytales” con las cálidas notas de su intro y la energía cuando entran las guitarras. El saxo y el piano dan un toque alegre y jazz y la voz de cuentacuentos de Nordhus conforma una fábula que va tejiéndose poco a poco para darnos la bienvenida al gran bazar y al viaje de autodescubrimiento que visitamos –o no– en su anterior disco. Como último toque, vemos el magnífico y ensoñador estribillo repetido al final con el acompañamiento de la guitarra y la voz gutural de Eliran Weitzman de fondo como colchón… sí, una voz gutural secundaria. La vida te da sorpresas, esto es prog, señores. Podría seguir hablando maravillas de la canción, por ejemplo que tiene una outro instrumental como nuestro buen Dios manda y no una simple repetición del tema principal o del estribillo, pero es que si no no acabamos. Un momento, lo acabo de hacer…

Ilusión es lo que desprende “Nomad”, al igual que fuerza. Es en este tema donde la voz gutural y el death metal –el death más liviano posible, eso sí– empiezan a mostrarse más en primer plano, y la verdad es que no lo puede hacer mejor, complementando a una alegre melodía que usa incluso usa secciones de viento, creando un contraste realmente único. El pasaje instrumental con percusión de corte más oriental especia la canción y le da un momento de respiro para el pasaje final, donde los instrumentos de cuerda se muestran en todo su apogeo para dar paso al estribillo final, donde voz gutural y limpia acaban por unirse y dar más un último empujón al tema. Los sonidos del gran bazar se apagan subrepticiamente. Los nómadas se preparan para un nuevo viaje.

Ways” abre con un ritmo y una melodía bastante similares a “Nomad”, pero que esto no nos engañe, irá diferenciándose poco a poco hasta convertirse en uno de los mejores temas del álbum, sino el mejor. Las melodías gráciles irán deslizándose, con el piano de Shai Yallin –veis como sí que me acuerdo– y la guitarra como coprotagonistas, hasta llegar al punto de no retorno donde el asunto se les va de las manos muy fuerte. Lo que yo llamaría, “momento avant-garde pa’cérselo mirar”. No tengo ni que describirlo, pues lo reconoceréis en seguida, pero lo extraño es que, pese al hachazo que pega a mitad del tema, una vez te acostumbras ves que encaja perfectamente. La canción acaba por desarrollarse en dirección opuesta a partir de aquí, y el teclado, la voz gutural y el saxo acaban por unirse a la fiesta para echar toda la carne en el asador.

Carousal” es un pequeño interludio indicador de que estamos a medio camino del final. Pero es eso, una minucia, una simple melodía, casi una nana, con poco que ver con la grandeza anterior, pero que gracias al piano y al cello insufla un sentimiento de añoranza como pocas canciones pueden. Un eco se abre en la lejanía, ante cálido horizonte crepuscular del desierto. Es “Kippur”, que nos trae ese eco de alegre nostalgia que ya tenía el interludio. Melodías de oriente medio, momentos medio electrónicos y pasajes de jazz, todo se junta para convertirla en la canción más prog del paquete. Un prog muy entretenido y nada ambicioso. Una delicia. Una conjunción de sonidos que purgará tu interior de cualquier preocupación. Poca broma, tete.

Daled Bavos” es instrumental, y su melodía bien construida fluye como las aguas procelosas de un río que se niega a parar, que no parará hasta haber demostrado que es imparable. La ironía es intencional. Su intensidad va variando dejándonos muchos momentos memorables. El acordeón de “As You Are” le da un toque distintivo al tema, reposado a la vez que atractivo. Las cuerdas se unen en puente y estribillo para crear tensión y dejan el campo libre para un pequeño solo anecdótico. A pesar de ello, en conjunto me sabe a poco, no parece tan bueno como el resto de canciones. Quizá un poco más de duración le hubiera sentado bien. Siento lo mismo con “Hymn of the Vagabond”, el cello que encontramos en ocasiones y su percusión aportan un ambiente cálido, pero su desarrollo se me hace un tanto lento y sus melodías no llegan a atraerme tanto –salvo quizá el último mantra tarareado–, haciéndose esta, al contrario que la anterior, un tanto larga.

Aunque hay que reconocer que estos últimos temas han sido algo más flojillos en comparación con los primeros, ¿vamos a entristecernos por ello? ¡No! ¿Vamos a cerrar el disco con este pequeño bajón? ¡No! ¿Vamos a dejar el reino a merced del mal, de la oscuridad, del impío desafío enemigo? ¡No! La hiel de sus palabras solo alienta nuestro arrojo. Resurgiremos con el último tema y acabaremos lo que empezamos con denuedo. ¿Y cuál es ese último tema?, os preguntaréis, tras tanta verborrea superflua. Una cover. ¡Una cover del mismísimo David Bowie! Tal osadía podrían haberla pagado cara, pero resulta que han sabido vender bien su piel y luchar hasta el final, ralentizando “Space Oddity” y dándole un toque hipnótico y místico que le sienta de maravilla. Parece extraño que me encante esta cover habiendo dicho que la anterior canción me había resultado demasiado lenta, pero mira, uno a veces no sabe bien lo que quiere. Además, que es Bowie. Una gran cover del Duque Blanco, y un gran final.

Bueno, pues ya está… oye, que no sé qué decir, y ni que me hubiese pillado por sorpresa. Un gran disco, alejado de cualquier tipo de arquetipos, que se hace tremendamente disfrutable con su mezcla de estilos y toque de oriente próximo. Y eso… pues nada, adiós. Esperad, esperad… bueno, no, adiós.

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