Avantasia – Moonglow

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El tiempo pasa, pero los años no pesan. No es el nuevo eslogan de una marca de cremas rejuvenecedoras. «Pausa para risas». Tampoco me refiero a ti «mirando a una persona del público», puto viejo. «Pausa para risas». Me refiero a Tobias Sammet, quien con su nuevo álbum ha confirmado las sospechas de muchos de que el cabrón no va a sacar un trabajo malo ni cuando se jubile… ¿lo pilláis? Porque cuando se jubile ya no trabajará. «Pausa para risas». Y… bueno, como os acabo de decir que el álbum es bueno, podéis iros ya a escucharlo o quedaros a leer una descripción canción por canción plagada de chistes malos «mirada cómplice hacia el público» y con reiteraciones sobre por qué deberíais escuchar este disco y no otro, aunque podéis escuchar otro, la verdad es que me da igual. Mi nombre es Seruli, buenas noches, ha sido un placer. «Reverencia, doy las gracias por los aplausos y me voy».

«Vuelvo a entrar al escenario». Buenas noches de nuevo, he visto que nadie ha aplaudido, así que tendré que ganarme un poco más el pan. «Pienso en que no cobro nada por esto y muestro una mueca de resignación». A ver,  ya sabéis que Sammet montó en el 2000 un proyecto llamado Avantasia, pensado a modo de ópera metal con distintos músicos invitados. Entre otros, acudieron a la llamada para su primer álbum, The Metal Opera, gente como Kai Hansen, Andre Matos, Michael Kiske, Sharon den Adel o Timo Tolkki, vamos, de esa gente que te puedes encontrar fumando en el bar de la esquina. La continuidad del proyecto, por supuesto, estaba asegurada. Y tras cosechar varios éxitos a lo largo de los años llega Moonglow, para el que ha llamado a filas a antiguos colaboradores, entre ellos Jørn Lande, Michael Kiske o Bob Catley, y a nuevas incorporaciones como Mille Petrozza, Candice Night o Hansi Kursch.

Pues bien, procedamos ya a comenzar la reseña. «Hago aspavientos hacia el público». ¡Eh, despertad, que acabamos de empezar! «Espero a que el público bostece. Me froto las manos de forma histriónica». Un último prolegómeno, si se me permite. «Guiño el ojo e ignoro las miradas de hastío». Esta banda, Avantasia, fue una de las primeras que escuché de este rollo, y he de destacar por tanto que el fanatismo se me va a notar a la legua. Pero vaya, que como no me pagan, repito, por dar este monólogo, pues yo digo aquí lo que me salga del vergel y luego vosotros me creéis o no. Aunque bien pensado, si me pagaran sería menos creíble porque sería forzado. Así que gano yo sí o sí. O sea, gano en autoridad moral, no en dinero, como decía. «El público empieza a levantarse». Vale, vale, ya voy.

¿Cómo empezar un gran álbum? ¿Con una gran intro orquestada de un minuto con voces orquestales? No. Toby nos mete entre pecho y espalda “Ghost In The Moon”, uno de los mejores temas del álbum, y además uno de los más largos, algo que no es extraño en Avantasia, pues ahí tenemos como ejemplo The Metal Opera II, The Wicked Symphony o Angel of Babylon, cuyas canciones introductorias se alargan muy necesariamente hasta los diez minutos. Todo está bien aquí, las sensaciones son positivas, y es que tras estar temiendo que esta vez el nivel no sería el mismo, empiezas a escuchar la voz de Tobias junto al bellísimo piano a lo Meat Loaf, los grandilocuentes coros, el emotivo estribillo o el etéreo interludio ambiental que preludia el frenético final y entiendes que tu preocupación era en vano. Y que el hecho de que una intro de diez minutos en la que solo canta él sea tan impresionante solo puede presagiar algo bueno. Eso sí, hubiese ganado si el resto de colaboradores hubiese metido mano.

Pero tranquilos, los invitados no se harán más de esperar. Los primeros son Hansi Kürsch, Ronnie Atkins, Jorn Lande y Miles Petrozza en “Book of Shallows”. ¿Qué podemos hacer sino ir de uno en uno. De Hansi Kürsch he de decir que fue uno de los vocalistas que más me costó tragar en los tiempos en que comencé a escuchar Blind Guardian, debido principalmente a su extraña voz, que no conseguía encuadrar en un grupo de power metal, pero una vez me acostumbré, no pude dejarlo escapar, y aquí realmente está en un punto álgido. A Ronnie Atkins también le guardo muy dentro, pues Pretty Maids fue uno de mis grupos favoritos durante años. Del gran señor Lande no hace falta decir nada, ¿para qué?. Creo que ya hasta él le paga a Tobias para volver a aparecer en sus álbumes. Y de Miles Petrozza de Kreator… pues bien, es obvio que evidencia la capacidad de Sammet para componer los pasajes adecuados para cada cantante, sea del género que sea, si bien quizá aquí lo haya hecho un poquito con el calzador del quince. Como punto curioso comentar que la base rítmica se acelera tras este punto, algo que no noté con las primeras escuchas, pese a no ser sutil en absoluto.

Nuestro siguiente tema es la balada, la homónima “Moonglow”, y como es costumbre para este caso tenemos invitada. Esta vez es Candice Night y su cálida voz angelical, de quién he de expresar cuán fantástica resulta como pareja de Toby, formando una atmósfera de misticismo y fantasía. El tema, sin salirse del pop, supera a las baladas de los dos anteriores álbumes, “Sleepwalking” del Mystery of Time, o “Isle of Evermore” del Ghostlights, ambas muy sositas, siendo “Moonglow” mucho más movida sin perder en emotividad y creando unas armonías espectaculares. Eso sí, el vídeo que lo acompaña, como era de esperar, es lo más hortera y ridículo que uno pueda imaginarse, con una Candice medio fantasmal alumbrando a nuestro buen Sammet mientras intenta con todas sus fuerzas parecerse a un avión. Yo que sé colega.

Vamos con “Raven Child”, esta vez con un vídeo no tan ridículo. Básicamente porque es un lyric video. Me duele decir esto, pero por una vez Jorn Lande sale derrotado por alguien, y ese alguien es Hansi Kursch. Simplemente brillante y emocionante, y es que no hay nada para este hombre como ponerle a cantar frente a un pasaje lento y folk. La parte potente y épica comienza con el segundo minuto, con un riff de escándalo que llevará la canción por distintos cambios de ritmo y velocidad, mezclando momentos trepidantes con otros fantasiosos, y donde tanto Kursch como Lande tienen momentos para lucirse a gusto, y Toby por ahí sin meterse mucho, solo en los momentos adecuados. Y ahora, una mención para el final de la canción. Es bastante reconocible el easter egg que han querido hacer cuando explota Jorn Lande en el minuto 9:30, lo cual es prácticamente idéntico a cuando él mismo empieza a cantar como un poseído al final de “The Scarecrow”. Un bonito detalle, supongo que consciente.

Y otro lyric video en “Starlight”, canción mucho más sencilla y cortita, en la que cantan Toby y Atkins. Un tema bastante genérico que prácticamente pasa desapercibido, pero que sigue teniendo algún momento destacable. Le sigue “Invincible”, con Geoff Tate al micro. La verdad es que escuche algo suyo en vivo hace varios años, y al hombre no se le veía en plena forma que digamos, pero aquí no tengo nada que objetar. Claro que tampoco es que fuerce demasiado la voz, porque es una balada. Hay que destacar, eso sí, el fantástico estribillo. Menuda novedad, ¿no?

En fin, que nos estamos metiendo ya en la cuarta página de Word y aún vamos por la mitad, así que como no quiero forzar la situación y empezar a soltar chistes, prometo ir un poco más rapidito. Si creíais que Tate no lo había dado todo antes, ahora vuelve a hacer aparición en “Alchemy”, esta vez aterrizando en terreno más conocido, un tema que se acerca más al progresivo –sin salirse del rollo Avantasia, incluyendo su estribillo melódico bombástico que esta vez no pinta nada frente al resto de la canción–, con una evolución lenta que va añadiendo capas y con un riff que de nuevo recuerda demasiado a un tema de The Scarecrow, en este caso a “Twisted Mind”. Destaco la atmósfera, la fantástica interpretación de Tate, algunos riffs de guitarra que parecen prácticamente sacados de “The Scarecrow” o la parte instrumental sinfónica.

The Piper At The Gates Of Dawn”, con la colaboración de la mayor parte del roaster de cantantes –incluyendo a Bob Catley en el interludio, al que todavía no habíamos escuchado en todo el disco–, incluye una batalla donde cada uno da lo mejor de sí, un absoluto trallazo del mejor power melódico, empezando por los teclados, que recuerdan un poco a los Edguy más molones, pasando por las potentes guitarras o el doble bombo, hasta el estribillo, donde Toby alcanza sus notas más altas. Un tema que infunde alegría, esperanza y energía, pura épica.

Si Bob Catley se iniciaba de manera breve en la anterior canción –con iniciarse me refiero a este álbum, no al proyecto, en el que si mal no recuerdo ya lleva colaborando desde el segundo Metal Opera–, va a tener el terreno para él solito en “Lavender”, –nada que ver con la canción de Marillion (lo digo porque luego tenemos Maniac que sí es una cover)–. Rock sinfónico melódico a lo Magnum –como no iba a ser de otra manera, Tobias siempre da con la canción adecuada para cada cantante–, aunque también con cierto regustillo a Meat Loaf, donde la voz cantante, aparte de Catley, la llevan los coros y la orquestación, sin desmerecer alguna melodía brillante de la guitarra de Sascha Paeth. Pese a ello, en cuestión a variedad y composición me parece de las peores, junto a “Requiem For a Dream”, en la que Kiske, como Catley, nos trae su enésima colaboración en Avantasia. Un tema de power bastante plano y aburrido, en el que destacaría como mucho, aparte de a Kiske, obviamente, el solo de bajo.

Llegamos ya al final de la travesía con una cover de Michael Sambello, “Maniac”. Nada nuevo el versionar esta canción, ni siquiera en el metal –recuerdo ahora mismo la cover de Firewind–pero bueno, tampoco es que reste al álbum. La verdad es que no hay mucho margen para fallar: la canción original es un temazo, y la cover también. Tiene algunos punteos de guitarra bastante chulos y Eric Martin se sale al micro junto a Tobias. Y tras esta está “Heart”, un buen relleno para cerrar el álbum. La única razón que se me ocurre para explicar esta canción es que la hayan puesto para alargar la duración total. No se corta ni un pelo en mostrar la influencia de Journey –con toda la intención del mundo, claro está– tanto en la voz como en las guitarras. Tiene ese toque a pop pegadizo que de cuando en cuando se le escapa a Sammet en sus últimos discos, pero la verdad es que no cuadra nada para cerrar, y mucho menos cuando ya se había cerrado perfectamente con la cover.

En definitiva, voy a atreverme a cometer el riesgo anafórico de empezar la conclusión de todas mis reseñas con dicha locución. En otro orden de cosas, voy a dar a este disco el sello de recomendado, que acabo de inventarme pero que espero que comencemos a usar en Spreading the Sound a partir de ahora. El señor Tobias acaba de demostrarnos aquí que no solo canta igual de bien ahora que hace veinte años, sino que también molesta lo mismo que entonces cantando junto al resto de invitados. Es una broma, joder, que no puedo decir nada. En el resto de aspectos, las cosas marchan más o menos igual, sin altibajos. La composición –a pesar de que ya va siendo más que previsible desde hace unos años–, sigue estando a la altura, y la variedad en los temas impide que te canses de escucharlo, al igual que los cantantes brillan en momentos que Tobias sabe elegir con precisión puntera para el estilo de cada uno. Y ahora, si alguien sabe alguna forma chula de acabar esta reseña, que me envíe un correo electrónico.

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