Fleshgod Apocalypse – King

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A cada rey su trono. A rey muerto, rey puesto. En el país de los ciegos, el tuerto es rey. Seguramente estaréis buscando una relación sólida para todos estos refranes sobre reyes. Pues bien, no la hay. Solo estaba buscaba una excusa para empezar la reseña, y me dije… ey, ¿por qué no sueltas alguna frase hecha sin ningún motivo? Lo lógico sería empezar con algún tipo de aburrida reflexión sobre el álbum o la escena o por qué los gatos son objetivamente mejores que los perros, pero… ¿un párrafo en el que puedo ser original y me lo vais a fastidiar? Claro que ni siquiera soy original, o sea… ¿por qué no hablar sobre la subida de precio de las galletas saladas? Eso sí sería original. Y hablando del rey de Roma, por la puerta asoma.

Originalidad la que demostraron los reyes de Roma –son de Perusia, pero vaya, que ha estado casi casi bien traído– Fleshgod Apocalypse en su debut “Oracles” en el 2009, que rompió en la escena otorgándonos una buena mezcla entre death técnico y metal sinfónico, pero donde este último –el sinfónico– se construía a partir del otro y no se hacía abusivo. La cosa cambió y la mezcla se endureció en el “Agony”, dieron un paso adelante, al lado o a la dirección que os guste más, y expandieron el universo exponencialmente trayendo estructuras más enrevesadas e imponentes y comenzando a componer la música a partir de las orquestaciones, y no al revés. Continuaron desarrollando la fórmula hasta el infinito con el siguiente “Labyrinth”, que tenía un rollo similar, si bien algo más intrincado e incomprensible, y que comenzó a agotar esa originalidad de la que habían gozado. Su escucha, por cierto, fue la más dura de su discografía.

A principios de 2016 lanzaron el que sería –y sigue siendo, eso no creo que cambie– su cuarto álbum de estudio, “King”, y llamadme loco –o no, me da igual–, pero vuelvo a notar ese agotamiento que veía en “Labyrinth”. Este álbum mejora considerablemente en términos de… digamos, “embaucamiento”, o de “no-ponerte-a-pensar-en-la-lista-de-la-compra-a-los-diez-minutos”. En general las composiciones –se nota que han mejorado mucho– son más ordenadas y siguen teniendo un desarrollo que sorprende en ocasiones. También mejora en el aspecto de la variedad, haciéndose más digeribles. El epicentro, que solía ser la velocidad inmisericorde, con tantos blast-beats como churros en Fallas, ahora ha sido relegado en varios momentos en favor de varios momentos, y algunos cortes al completo, más pausados. Por último, han mejorado en la producción, aunque aún dista bastante de estar compensada… sinceramente, el único momento en que puedo disfrutar de las guitarras es en los solos, pues el resto del tiempo están soterradas bajo toneladas de fanfarria y oropel.

Por otra parte conserva varios de los aspectos que ya se conocían de anteriores plásticos. Entre otros elementos recurrentes nos encontramos con el tema final instrumental a piano, el enlace del final de las canciones con el inicio de las siguientes o los múltiples solos que en ocasiones parten de cuajo la canción, con resultados más o menos interesantes, y que en muchos temas de anteriores álbumes, y también en este, servían como pequeñitos oasis, remansos en los que por fin podías poner orden y entender algo de lo que sucedía, cosa de agradecer.

Y ahora si me lo permitis –espero que sí, aunque no es que tengáis mucha elección– comenzaré a dar mis impresiones. “Marche Royale” suena curiosamente casi idéntica al primer minuto de “Under Black Sails”, del anterior álbum. Una intro peliculera para meternos en la acción, pero que como digo parece más un autoplagio que otra cosa. Sirve como antesala para “In Aeternum”, probablemente lo más parecido al concepto de “pegadizo” que podremos encontrar por aquí. Bravo por el estribillo con la voz limpia de Paolo Rossi –el bajista–, muy curiosa la forma de atacarlo. Un buen comienzo, aunque nada que no hayamos escuchado ya… tendrán que ponerse las pilas para sorprender.

Healing Through War”, es una de las más simples y aburridas, un tema lento que no cambia durante los seis minutos que dura. Cuenta por ahí con un fragmento de “La Guerra de las Galias” como curiosidad, pero poco aporta. El primer bajón del álbum. “The Fool” vuelve a pisar el acelerador, tiene un tono juguetón y teatral que no disminuye, sino que se intensifica y mantiene. Ese tono juguetón del que hablo también se siente ligeramente en la voz de Tommaso Riccardi –que también es el guitarrista rítmico–, algo curioso para un canto gutural. Podemos hasta aquí destacar el gran trabajo del batería Francesco Paoli, para nada plano ni un erial de blast-beats, sino lleno de quiebres que hacen de los temas todo un desafío.

Cold as Perfection” es otro de esos temas en los que la velocidad desciende para meterse en terrenos pantanosos y con mayor groove, riffs de mayor profundidad y un tono general de oscuridad, que aunado a la orquestación y los arreglos corales dan una sensación de peligro constante. De las canciones más lentas –digo lentas en comparación con el resto, no porque sean lentas en realidad– es la que más me convence. Muy bien puesto el speech a mitad de tema y el trabajo de la soprano Veronica Bordacchini –quien ya ha colaborado antes con la banda– con un papel escueto pero espléndido. Le sigue “Mitra”, la cual se encarga de devolvernos al basto mundo de la velocidad vertiginosa y los cambios abismales cuyo propósito no se conoce exactamente pero que quedan de maravilla y dan una sensación de orden en el caos. El cuchillo no puede ser más afilado, corta la piel como si fuera mantequilla.

Paramour” ya hace evidente ese contraste entre lentitud y rapidez que se ha querido dar en el disco. El tema lo protagonista por completo Bordacchini y su voz operística acompañada del piano de Francesco Ferrini. Para mí sencillamente este tema sobra, y no es que no me guste la ópera, sino que más bien parece estar incrustado sin cuidado, en lugar de dar sentido y ayudar a la escucha del álbum. Y sí, aparte de romper la dinámica, es bastante soso. Por suerte “And the Vulture Beholds” vuelve a insuflar vidilla y además nos trae la mejor interpretación de Rossi con su melódica voz genialmente intercalada entre los furibundos aporreamientos de Paoli. ¿Y el solo? Hasta ahora ninguno de ellos me había asombrado –y eso que todas las canciones salvo “Paramour” lo tienen–, pero este es sencillamente el mejor, complementa, es melódico y bien estructurado y no una simple conjunción de notas al azar. Un absoluto deleite, Fleshgod en estado puro, el mejor tema sin discusión. Nota: esta afirmación está abierta a discusión.

Gravity”, o la calma tras la tempestad, de nuevo, parece esto una montaña rusa, rápido, lento, rápido, lento, ¡que me aspe un molino! Simple y predecible, parece que en el modo pausado es en el que peor se desenvuelven. Nada que sobresalga salvo ese rollo más pasional hacia la segunda mitad seguido del solo, que despunta y salva un tema de otro modo a mi parecer un tanto insulso y cansino. “A Million Deaths” cumple lo que promete, muerte, buen rollo y destrucción –referencia a Gigatrón que no viene a cuento, ¿algún problema?–. El tema es furioso, un poco simple al principio, pero entretenido y sobre todo un placer instrumental. El mejor trabajo de Ferrini lo encontramos aquí, solo hay que ver que bien complementa el piano a la batería en la segunda mitad del tema.

Syphilis” sobra, sí, porque aparte de aumentar la duración del LP, no aporta absolutamente nada que no hayamos visto ya. Otro intento por hacer notar ese contraste entre temas más calmados y más vertiginosos. Y de nuevo no cumplen, se queda en un intento desaborido por dar un toque aún más operístico a la parte final del álbum que lo único que hace es alargar inútilmente el declive. Y llega la parte que casi siempre suelo esperar con más devoción en un disco de Fleshgod: la composición de piano final. Pero la decepción es mayúscula al comprobar que Ferrini esta vez no ha estado nada inspirado y ha compuesto el tema de piano más descafeinado de toda la discografía. Joder, parece esto un obituario… si solo tienen cuatro discos de estudio y no llevan en activo más que nueve años.

Los reyes han hablado. Con voces poderosas, atronadoras, restallando en los cielos como lenguas de fuego crepitantes. También con voces refinadas, de selecta y exquisita factura. E igualmente con voces deslenguadas y fuera de tono. De todo hemos tenido. Todo ello combinado ha servido para prolongar su reinado en una dirección más adecuada que el batiburrillo de guitarras soterradas y elementos orquestales abusivos que habían adquirido en su anterior álbum, aunque la verdad es que deben cuidar todavía esa mezcla entre caña y melodía para que no se haga excesivamente dulzón ni excesivamente cansino. Y como me he portado bien, le pido a los reyes magos que me traigan un discazo tan rompedor como lo fueron los dos primeros. En fin, que aún les queda camino por recorrer hasta alcanzar la máxima magnanimi… magniminani… para petarla a tope. Ha sido un buen intento, algo decepcionante pero, por qué no, interesante. Al pan, pan y a los reyes, metal.

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